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jueves, 5 de noviembre de 2020

El Vocalista

 

 


¿Te acuerdas cuando jugábamos a los cantantes? ¿Te acuerdas cuando íbamos a la barbería con trifulca incluida? ¿Te acuerdas cuando vimos la película el campeón?  ¿Te acuerdas que querías ser Papa?

 Tú eras el vocalista, el líder de la banda. Te disfrazabas con la extravagancia  del perfecto roquero de la época. Corbata atada en la frente y chaqueta de blue jeans sin mangas, era tu indumentaria. Dábamos conciertos de hasta doce interpretaciones, por el pickup desfilaba cuanto aparecido sonaba en la radio o en la televisión. Era como si se reprodujeran las neuronas, endorfina pura y momentos felices.

  Caminábamos unas ocho cuadras para llegar a la barbería, con frecuencia me agarrabas el cuello para cruzar las calles, tratar de agarrarme la mano sería un despropósito inaceptable por supuesto. Yo te daba un manotazo para que me soltaras, aquello me irritaba sobremanera, pero entendía que solo estabas tratando de protegerme, no podías atajar el instinto paternal, ese que siempre  te acompañó. El presupuesto de la encomienda “muchachos a cortarse el pelo” lo manejabas tú, este alcanzaba para un corte estilo francés y otro para soldado raso. El instrumento para el raso era una afeitadora eléctrica, en cuestión de segundos mi cabeza quedaba como la de un puercoespín. En alguna oportunidad me di cuenta que siempre tenía que esperarte más de  veinte minutos. Cuando entendí lo que estaba pasando salí hecho una furia de la barbería, ¿raso para mí? ¿Francés para ti? Lo resolviste diciéndome “Chepo si quedaste muy bien chico, mucho mejor que yo”. Muy gracioso pájaro.  Entendía que la edad tenía sus ventajas y eso calmó la marea. Por cierto, nunca te acusé.

 Te acuerdas cuando vimos la película el campeón. Te juro que jamás he visto a alguien llorar tanto, es que empezaste a llorar muy pronto, fue en la escena cuando el boxeador le regaló un poni al niño, a su hijo, no entendía, no sabía si burlarme o respetar aquella emoción, finalmente me quedé callado, pero solo te estabas ejercitando, calentando motores. En la parte culminante, cuando murió el boxeador frente al niño, eso sí fue un palo de agua, hipeabas, tuve que parar la película, tu escándalo era tal que no podía escuchar los diálogos. Que sensibilidad la tuya mi querido gordo, como disfruté aquel momento de autenticidad.

 Decías que ibas a ser Papa. Mi  mamá  te advertía que el camino era muy largo, pero parecía que el asunto de los ascensos, ese crucigrama de títulos: sacerdote, monseñor, obispo…. hasta llegar a papa ya lo tenias resuelto. Como hubiésemos gozado en los predios de San Pedro, estoy seguro que la vestimenta papal incluido bastón, anillo, más zapatos rojos te hubiera quedado de lujo.

 Qué cosa tan rara es rememorar todo esto a solas, sin escucharte reír ni replicar. Lo escribo Goldin porque me apremia recordarlo y recordártelo, porque me haces mucha falta. Siento que tienes demasiados días muerto, demasiado tiempo ausente y necesito escribir nuevos recuerdos. Los que tengo ya están suficientemente amasados.  

 Te comento que no le tengo miedo a la muerte, si un profundo respeto, pero aquella  que te encontró más bien me produce una enorme curiosidad. Es que no sé nada sobre la muerte, creo que nadie lo sabe. Eventualmente aparece algún experto de lo etéreo argumentando teorías y certezas,  quisiera ver la firmeza de sus pasos, de su tesis, subiendo al cadalso del final de sus días.  Le temo si a la demencia, a la incapacidad y sobre todo a la amnesia.

 En la Odisea de Homero, ese libro  que eventualmente  a todos nos obligaron  a leer uno que otro párrafo en bachillerato, cuenta en uno de sus episodios que las naves de Ulises y sus hombres  iban rumbo a Ítaca, pero fueron desviadas por el viento de una tormenta a la isla de los Lotófagos, comieron del árbol de Loto y olvidaron cual era su destino. Sucumbieron a la condena del olvido. No recordaban de donde venían y tampoco para donde iban. Luce escalofriante verdad. Es como perder la identidad, sin esta no existes,  aunque respires. Eso si me da pánico.

 Te confieso que no te pude llorar, no lo suficiente, los gritos no acompañaron mi llanto, estaba totalmente desconcertado. Es que ni pude presentir lo que estaba por suceder y mira que a veces me llegan cosas. Como pensar ni mucho menos que aquella energía vital se iba a apagar de repente.

 Eres un hombre con suerte Manuel, cuando te despedimos vi a tu esposa, más bien a una mujer enamorada  mirando tu cuerpo inerte durante horas, parecía que los años a tu lado no habían sido suficientes, parecía que quería tatuar tu rostro, tu última expresión en su mente, vi a tu hermosa descendencia llorando esta vez si a gritos, reclamándole a la muerte un poco de reparo.

 Te aseguro Goldin que el árbol de loto no va a tocar tu recuerdo, somos muchos a los que dejaste una gratísima sensación de bienestar.

 

Fuiste el líder de tu propia banda, el vocalista, pisaste fuerte, te debiste  a tu público que te amó y te admiró. 

Cosmética Espiritual

 


La raíz de una palabra siempre me ha cautivado. Tiene un punto de origen, un núcleo atómico y por alguna suma de circunstancias se produce  un big-bang. La diáspora del polvo cósmico que arroja,  permea en pequeñas  partículas y una vez que se ordenan queda establecida una nueva palabra con aparente identidad de lengua materna que nos acoge y amamanta. La cotidianidad nos hace creer que es propia, que nos pertenece, sin embargo solo es producto de los vasos comunicantes que provienen de la raíz de esas estructuras primarias. Cuando apelamos a palabras que creemos propias, estamos acariciando el latín, el griego y porque no hasta el arameo. Así, la raíz nos deja inmersos en el lenguaje de las palabras que hacemos nuestras. Algunas parecen inocuas y chatas, pero están llenas de magia.

Comética es la palabra que nos ocupa, se deriva del vocablo griego "cosmos" que significa orden, origen de la diosa primigenia Gea,  surgida del cosmos, del orden del universo.

 Cosmética pareciera una palabra banal, algo accesorio, en mi caso particular si establezco patrones mentales para ubicarla me lleva de  manera precipitada a  una tienda por departamentos y me sitúa en el área de maquillaje repleta de polvos, tintes, cremas, perfumes y un gran etc., sin embargo la etimología de la palabra me llama a la reflexión. Tiene un trazo histórico curioso, envuelve un universo de elementos y colores que ha dibujado culturas, tradiciones, roles y épocas, De alguna manera le hace un guiño a la huella que dejaron  numerosas sociedades. 

 Nuestros aborígenes la utilizaban en sus rituales sagrados, se pintaban con elementos orgánicos, cada cuadro corporal se mimetizaba con la naturaleza componiendo un paisaje que los acercaba a sus deidades. En algunas culturas los rectores de la ley todavía utilizan pelucas pintadas de color marfil como parte de su indumentaria cuando imparten justicia. Esta les da un aire de solemnidad y sabiduría, parecieran advertir: el color hueso que me identifica es sinónimo de orden.

 La cosmética es una forma de comunicarnos, articula expresiones de rebeldía, de protesta y muchas veces algo de belleza, con lo difícil de la belleza. Es un mecanismo para exaltar el cuerpo, para que cada uno se muestre como quiera. Me surge la pregunta: ¿Se debe señalar a un individuo repleto de tatuajes sin rima ni concierto estético; a un cabello azul eléctrico con reflejos verde botella; a aquel con nariz perforada por una manada de alfileres? Se  advierte que estos individuos tocan la puerta para  llamar la atención de otros, pero como dice Sancho Panza: “Prefiero no detenerme en este tipo de delicadezas”. Lo concreto es que el producto es una explosión de libertad, de libertad de conciencia.

Bindi o Tilak es un elemento cosmético que desde siempre me ha impresionado. Cuando lo descubrí, pensé que era un lunar, una especie de marca de nacimiento, una señal, un estigma que tenían la mayoría de las mujeres y algunos hombres de la raza India. Lo miré de cerca y me encontré con un adorno cosmético místico y ancestral de la cultura hindú.  Entre varias disertaciones que investigué me atrevo a exponer la que me deleitó:

  Viene de la palabra sánscrita bindu que significa pequeño punto. Según la escuela Shakta Bindu hace referencia a un aspecto de la anatomía del cuerpo sutil compuesto de gotas y viento: (Las gotas y vientos son características del sistema humano de energía, y tienen distintos grados de sutileza)… se usa para designar el pequeño ornamento devocional y/o místico de tradición hindú, que hombres y mujeres aplican estratégicamente en su frente. Tradicionalmente es un punto de color rojo, que se ubica en el entrecejo. Su significado: El área entre las cejas (donde se coloca el bindi) se dice que es el sexto chakra, ajna, la sede de la sabiduría oculta...Según los antiguos sabios hindúes, usar esta sustancia en la frente entre los ojos refresca el centro nervioso asociado con este punto, y en consecuencia la mente se calma y silencia…”

 A pesar de lo ancestral, resulta increíblemente novedoso como  una sociedad tan compleja y diversa converja en un punto llamado bindi. La   cultura, la historia y la tradición quedan atadas a un punto de color en la frente. Es simple y sencillo, pero es imposible no detenerse en el, los portadores lo exponen con orgullo, con  propiedad y a la vez con un halo de espiritualidad.

No existe una gama de alto costo o algún estrato social para el que no esté disponible, no está condicionado a restricciones ni regulaciones, solo lo acompaña un sencillo código de colores que expresa cierta condición personal. Existe y quien lo quiere portar lo tiene a su alcance. Es una expresión luminosa de encaje y de encuentro. Espiritualidad y libertad se dan la mano sobre la frente del ser humano justo sobre los ojos o como lo reseñan los Hindús “en la sede de la sabiduría oculta”

 Es “Cosmética Espiritual”.

 

 

sábado, 10 de octubre de 2020

La Paradoja de Los Hechos Pasados



 

   La estación de radio que habitualmente escucho,  cuela un  espacio  de aproximadamente dos y medio minutos cada 3 horas. Se trata de una entrevista  yo diría, de corte  motivacional. El entrevistador aborda a personajes exitosos o que están viviendo su cuarto de hora. Durante este breve lapso, estos individuos exponen brevemente su recorrido al éxito, o más bien cómo llegaron a lo que son hoy día. Con frecuencia al final de la entrevista viene una pregunta recurrente: “¿Si tuvieras la oportunidad, cambiarias algo de tu vida pasada?”, la respuesta de los entrevistados  ha sido después de muy pocos segundos sine qua non, NO.

  Tengo la sensación de haber confrontado esta pregunta cuando era un niño o más bien haberlo deseado, seguramente para arreglar alguna metida de pata. No estoy seguro si la interrogante está  de moda por estos días, o es que antes de la pandemia no me detenía a escuchar entrevistas de esta naturaleza.  

  Ahora, inmerso en una situación similar a  “la vida de PI”,   naufrago, en medio del pacifico, a bordo de un pequeño bote salvavidas, acompañado por un tigre de bengala, sin que sople una pequeña brisa durante días que cambie el curso de las cosas, tengo la sensación de haberle ganado suficiente terreno a la  paciencia  para ser parte de la audiencia y  testigo de este tipo de intercambios, que antes ameritaban un cambio de dial o de canal de manera instantánea y casi refleja. Sin embargo el recurrente cuestionamiento empezó a tener cierto calado en mi conciencia y la pregunta se devolvió como un búmeran. ¿Cambiaria cosas de mi pasado? La respuesta, sine qua non es SI. Más que sí, es, por supuesto que sí.

  Como no cambiar el descuido que tuve un diciembre hace dos años cuando choqué mi vehículo por responder un mensaje sin importancia desde  mi celular. Podría haber evitado la estafa de la que fui víctima y que estaba a todas luces cantada por una cantidad de detalles que omití, con consecuencias graves en mi vida personal y familiar, podría haber evitado aquella pelea que se inicio de la nada, producto de la suma de intemperancias bobas,  cuando el ego me jugó una mala pasada y acabó a puñetazo limpio, con el producto final de afectos magullados y rotos, que a pesar de la sutura, la cicatriz me recuerda que algo importante se quebró. Cambiaria sin dudarlo un segundo, el retraso que pude haber evitado para llegar al lecho de muerte de mi mamá antes del desenlace final, tomar su mano y besar su frente con una sensación térmica al tacto de más de 36 grados centígrados.

  Analizando el No rotundo de los entrevistados y el Si donde me ubico, me encuentro con un cuestionamiento cuya respuesta es pendular para las partes. Inercia y gravedad comprometen las fuerzas de uno y otro lado. El punto de equilibrio es estático no está sometido a fuerzas  físicas ni a intereses, más bien es inocuo, la respuesta “ninguna de las anteriores” para el péndulo es sinónimo de Fuerza = Cero. Pareciera entonces que se encuentran posiciones simétricas y  opuestas. Es No, o es Si, de otro modo la dinámica deja de existir.

  Para ser justo con los entrevistados y con el péndulo, es conveniente buscar la ruta del No. Tiene que haber alguna razón para que la masa del péndulo  se posicione con tanta autoridad, en uno u otro lado. El ejercicio resulta interesante, es como pertenecer a la Curia Romana, en particular a la congregación para las Causas de los Santos, es necesario buscar testigos y testimonios para examinar los hechos, sin beatificaciones o canonizaciones como conclusión, solo es cuestión de ponerse en los zapatos del otro y ser equilibrado,  similar a un partido de futbol, los jugadores cambian de posición en la cancha cada cuarenta y cinco minutos, y actúan con la misma pasión en cualquiera de estas dos mitades siempre a su favor, sin importar que hayan cambiado las coordenadas geográficas.

   Como punto de partida pudiera ser genuinamente valido que alguien considere la posibilidad de no cambiar absolutamente nada de los hechos pasados. Individuos que establecieron como máxima personal “lo que pasó, pasó”; se abrieron puertas y se cerraron otras, el recorrido fue cálido, guiado por la racionalidad y me doy por satisfecho, no hay nada que corregir o que resolver. No hay miedo. Este es el NO absoluto.

  Aquellos que se tomaron unos segundos para pensarlo, ya son otra cosa, éstos parecieran coincidir irrefutablemente  que son producto de la suma de sus actos, de sus circunstancias, del tiempo y espacio que les tocó vivir, en el que quedaron insertos, cosa que parece perfectamente lógica y congruente. No importa si el recorrido tuvo momentos difíciles, amargos o tristes, seguramente sus actos afectaron a terceros o a ellos como  protagonistas, la bocanada de aire fresco lo justifica, finalmente la gloria tocó sus puertas. Se intuye que modificar algún hecho del pasado pudiese cambiar el frágil equilibrio del resultado final, desde mi punto de vista nada frágil por cierto.

  Es como si los hechos pasados formaran parte de una receta, seguramente uno o varios elementos (vinagre, soya, ají, cúrcuma…) conforman parte sustancial del producto final, individualmente  no son agradables al paladar, inclusive pueden resultar  incomibles, pero la mezcla de estos componentes bajo la tutela de un buen cocinero es un manjar.

  Hasta aquí el NO cobra fuerza, le agregaría la reflexión, cuasi refrán que me atrevo a endilgarle a los protagonistas “si me tragué las verdes y la maduras” para llegar hasta aquí, qué sentido tiene cambiar alguna variable en la ecuación que pudiese modificar  el curso de las cosas. Entonces me surge la interrogante: ¿cambiar el curso de las cosas...? Aquí tomo el testigo y me muevo a la otra coordenada del péndulo, donde también pisan fuerte los entrevistados en su posición, como debe ser, es la única forma que se devuelva.

  Visualizar los hechos pasados es un ejercicio fantástico, el tiempo ido inevitablemente presente. Estoy seguro que cada quien utiliza su propio imaginario, yo lo abordo como si estuviera en presencia de una tela de araña que con frecuencia aparece  tejida en el balcón de mi casa.  Eventualmente me acerco a este espacio a fumar, a buscar el estadio de la luna o simplemente a recorrer el azul del horizonte que me ofrece mi terruño, con la sensación de que en cualquier momento va a desaparecer y me voy a perder el espectáculo. El tejido de la tela parece un laberinto perfectamente simétrico, lo que lo hace aun más laberintico, no hay puntos de referencia. Una vez abstraído en esta maravilla de la naturaleza, entiendo que la única guía son las vibraciones, el olfato y la intuición. Enciendo algo así como un láser mental e imagino el recorrido, se encienden hilos que indican el camino pasado y se van pintando figuras, lugares, rostros; voy armando un puzzle de cosas tangibles. Como es simétrico no importa si recorrí más hilos o si el tránsito fue menos eficiente en uno u otro ejercicio, el destino final es siempre el mismo, el tronco de una planta llamada millonaria.

  El ejercicio trae sentimientos encontrados, hay oportunidades cuando   quedo maravillado y agradecido por el resultado, en otras menos laxas la posición es bueno, bueno, camine hacia un sendero  roto y  tuve que devolverme.

  Apelando al procedimiento que se lleva a cabo para la Causa de los Santos me encuentro a Woody Allen,  icono de éxito y perseverancia, testigo de excepción de lo que significa un camino  con obstáculos según el mismo lo narra, afortunado en algunos casos en otros no tanto, pero sin duda su hechura da como producto final un manjar.

  En una entrevista  realizada recientemente a este estelar personaje, con motivo del estreno de su producción cinematográfica número 49 rodada en San Sebastián España, le hicieron la siguiente pregunta: ¿Qué factores han incidido en su vida, para lograr una carrera tan fecunda y exitosa? Su respuesta como de costumbre me dejó descolocado. Mi primera reacción fue una carcajada. Con rostro ceremonial respondió: “suerte”, con una enorme sonrisa del tamaño de la mía, el periodista insistió, “pero que porcentaje le endilga usted a la suerte”, sin modificar un milímetro su fisionomía y sin mostrar un ápice de duda remató: “más de la mitad, más del cincuenta por ciento”. A pesar del calibre de la respuesta, sentí cierto alivio al no recibir el tan cacareado cliché, 1 % inspiración 99 % expiración, ciertamente este señor no es cómplice de esta máxima.

   Como es habitual, inclusive en sus películas el dialogo de la entrevista me dejó  ensimismado. Tratando de argumentar semejante afirmación me respondí: No mi apreciado director, no es suerte, póngale el nombre que quiera, le aseguro que no es suerte, usted no llegó hasta aquí por casualidad o por azar y le garantizo que probabilísticamente es imposible que el azar alcance el 50 %, a menos que todos sus decisiones y acciones hayan sido cara o sello. Discúlpeme el atrevimiento, su éxito se llama mutualismo.

  Hay una expresión que se utiliza frecuentemente en mi profesión, más que una frase son dos palabras Win/Win, mejor aun ganar/ganar o +/+. Cuando la entendí y la apliqué como debe ser me pareció fascinante. Hoy en día en nuestra calamitosa realidad país esta onomatopeya es sinónimo de coartada. El motivo se desvirtuó o se descontextualizó, es el asidero para guisos, arreglos fraudulentos, comisiones y paremos de contar, sin embargo tiene una esencia de reciprocidad, indiscutible.  Para no renunciar al contexto del significado, me enfrasqué en la búsqueda de algo similar y apareció  mutualismo. Sin ánimo de apelar a la academia esta palabra envuelve nuevamente el concepto de reciprocidad, apoyo y convivencia; donde las partes se benefician mutuamente. Dejé a un lado ganar/ganar de tufo politiquero, mentiroso y oportunista y acogí el mutualismo como consigna.

   Woody Allen es uno de mis actores y directores predilectos, es capaz hacerme reír hasta llorar y casi en el mismo plano mandarme a la introspección con planteamientos nada cotidianos, a veces contradictorios y fuera de lo convencional. Muestra sus miedos, fobias y manías frontalmente y las expone de tal manera que muchas veces provoca una risa nerviosa y cómplice. Sus películas son de bajo presupuesto, no hay efectos especiales ni persecuciones espectaculares, sin embargo el resultado es un plato delicado, bien ejecutado y delicioso. El perfecto antihéroe de sus creaciones, es en definitiva el héroe de las ideas y  de lo inusual.

  ¿Será su respuesta parte de  un guion? Cara pétrea, seria, sin ningún rictus facial que nos indique esto es un chiste, parece decir si, es el dialogo del próximo guion. Su éxito es cuestión de  reciprocidad, es decir de  mutualismo. Mutualismo de su público, de sus seguidores, quienes le devolvemos en quantums de energía lo que hemos recibido. No es el azar o  coincidencias de hechos  pasados que  lo colocaron en el sitial de honor, la locomotora que tiene en la cabeza es indetenible y  la telaraña tiene muchas bifurcaciones para caminar hasta el tronco de la planta millonaria.

 ¿Puede intuir el grupo de los dos y medio minutos, la mutualidad que acompaña su éxito? No estoy seguro.

 Siempre se distingue el tiempo como un actor principal, se habla de la paradoja del tiempo, pero en definitiva es tan solo un medio, un canal. Lo percibo análogo a un carrete de cine que rueda por un espacio finito de momentos. Esencialmente los roles de los protagonistas vienen escritos en su ADN, sus gustos, sus tendencias, inclinaciones… A partir de este momento el guion esta preconcebido, de los hechos depende la evolución  de la película. ¿Se puede modificar una escena desafortunada sin cambiar la esencia del contenido?, la respuesta es definitivamente si, y de igual forma se puede editar uno u otro final, al más puro estilo de Casa Blanca. No importa el final que le pongan, Casa Blanca siempre será singular y única.

 Dice San Agustín “No se puede afirmar que hay tres tiempos: presente, pasado y futuro. Solo hay el presente del pasado y del futuro”