La
estación de radio que habitualmente escucho, cuela
un espacio de aproximadamente dos y medio minutos cada 3
horas. Se trata de una entrevista yo diría, de
corte motivacional. El entrevistador aborda a personajes exitosos o
que están viviendo su cuarto de hora. Durante este breve lapso, estos
individuos exponen brevemente su recorrido al éxito, o más bien cómo llegaron a
lo que son hoy día. Con frecuencia al final de la entrevista viene una pregunta
recurrente: “¿Si tuvieras la oportunidad, cambiarias algo de tu vida pasada?”,
la respuesta de los entrevistados ha sido después de muy pocos
segundos sine qua non, NO.
Tengo
la sensación de haber confrontado esta pregunta cuando era un niño o más bien
haberlo deseado, seguramente para arreglar alguna metida de pata. No estoy
seguro si la interrogante está de moda por estos días, o es que
antes de la pandemia no me detenía a escuchar entrevistas de esta
naturaleza.
Ahora,
inmerso en una situación similar a “la vida de
PI”, naufrago, en medio del pacifico, a bordo de un pequeño
bote salvavidas, acompañado por un tigre de bengala, sin que sople una pequeña
brisa durante días que cambie el curso de las cosas, tengo la sensación de
haberle ganado suficiente terreno a la paciencia para ser
parte de la audiencia y testigo de este tipo de intercambios, que
antes ameritaban un cambio de dial o de canal de manera instantánea y casi
refleja. Sin embargo el recurrente cuestionamiento empezó a tener cierto
calado en mi conciencia y la pregunta se devolvió como un búmeran. ¿Cambiaria
cosas de mi pasado? La respuesta, sine qua non es SI. Más que sí, es, por
supuesto que sí.
Como
no cambiar el descuido que tuve un diciembre hace dos años cuando choqué mi
vehículo por responder un mensaje sin importancia desde mi celular.
Podría haber evitado la estafa de la que fui víctima y que estaba a todas luces
cantada por una cantidad de detalles que omití, con consecuencias graves en mi
vida personal y familiar, podría haber evitado aquella pelea que se inicio de
la nada, producto de la suma de intemperancias bobas, cuando el ego
me jugó una mala pasada y acabó a puñetazo limpio, con el producto final de
afectos magullados y rotos, que a pesar de la sutura, la cicatriz me recuerda
que algo importante se quebró. Cambiaria sin dudarlo un segundo, el retraso que
pude haber evitado para llegar al lecho de muerte de mi mamá antes del
desenlace final, tomar su mano y besar su frente con una sensación térmica al
tacto de más de 36 grados centígrados.
Analizando
el No rotundo de los entrevistados y el Si donde me ubico, me encuentro con un
cuestionamiento cuya respuesta es pendular para las partes. Inercia y gravedad
comprometen las fuerzas de uno y otro lado. El punto de equilibrio es estático
no está sometido a fuerzas físicas ni a intereses, más bien es
inocuo, la respuesta “ninguna de las anteriores” para el péndulo es sinónimo de
Fuerza = Cero. Pareciera entonces que se encuentran posiciones simétricas
y opuestas. Es No, o es Si, de otro modo la dinámica deja de
existir.
Para
ser justo con los entrevistados y con el péndulo, es conveniente buscar la ruta
del No. Tiene que haber alguna razón para que la masa del péndulo se
posicione con tanta autoridad, en uno u otro lado. El ejercicio resulta
interesante, es como pertenecer a la Curia Romana, en particular a la
congregación para las Causas de los Santos, es necesario buscar testigos y
testimonios para examinar los hechos, sin beatificaciones o canonizaciones como
conclusión, solo es cuestión de ponerse en los zapatos del otro y ser equilibrado, similar
a un partido de futbol, los jugadores cambian de posición en la cancha cada
cuarenta y cinco minutos, y actúan con la misma pasión en cualquiera de estas
dos mitades siempre a su favor, sin importar que hayan cambiado las coordenadas
geográficas.
Como
punto de partida pudiera ser genuinamente valido que alguien considere la
posibilidad de no cambiar absolutamente nada de los hechos pasados. Individuos
que establecieron como máxima personal “lo que pasó, pasó”; se abrieron puertas
y se cerraron otras, el recorrido fue cálido, guiado por la racionalidad y me
doy por satisfecho, no hay nada que corregir o que resolver. No hay miedo. Este
es el NO absoluto.
Aquellos
que se tomaron unos segundos para pensarlo, ya son otra cosa, éstos parecieran
coincidir irrefutablemente que son producto de la suma de sus actos,
de sus circunstancias, del tiempo y espacio que les tocó vivir, en el que
quedaron insertos, cosa que parece perfectamente lógica y congruente. No
importa si el recorrido tuvo momentos difíciles, amargos o tristes, seguramente
sus actos afectaron a terceros o a ellos como protagonistas, la
bocanada de aire fresco lo justifica, finalmente la gloria tocó sus puertas. Se
intuye que modificar algún hecho del pasado pudiese cambiar el frágil equilibrio
del resultado final, desde mi punto de vista nada frágil por cierto.
Es
como si los hechos pasados formaran parte de una receta, seguramente uno o
varios elementos (vinagre, soya, ají, cúrcuma…) conforman parte sustancial del
producto final, individualmente no son agradables al paladar,
inclusive pueden resultar incomibles, pero la mezcla de estos
componentes bajo la tutela de un buen cocinero es un manjar.
Hasta
aquí el NO cobra fuerza, le agregaría la reflexión, cuasi refrán que
me atrevo a endilgarle a los protagonistas “si me tragué las verdes y la
maduras” para llegar hasta aquí, qué sentido tiene cambiar alguna variable en
la ecuación que pudiese modificar el curso de las cosas. Entonces me
surge la interrogante: ¿cambiar el curso de las cosas...? Aquí tomo el testigo
y me muevo a la otra coordenada del péndulo, donde también pisan fuerte los
entrevistados en su posición, como debe ser, es la única forma que se devuelva.
Visualizar
los hechos pasados es un ejercicio fantástico, el tiempo ido inevitablemente
presente. Estoy seguro que cada quien utiliza su propio imaginario, yo lo
abordo como si estuviera en presencia de una tela de araña que con frecuencia
aparece tejida en el balcón de mi casa. Eventualmente me
acerco a este espacio a fumar, a buscar el estadio de la luna o simplemente a
recorrer el azul del horizonte que me ofrece mi terruño, con la sensación de
que en cualquier momento va a desaparecer y me voy a perder el espectáculo. El
tejido de la tela parece un laberinto perfectamente simétrico, lo que lo hace
aun más laberintico, no hay puntos de referencia. Una vez abstraído en esta
maravilla de la naturaleza, entiendo que la única guía son las vibraciones, el
olfato y la intuición. Enciendo algo así como un láser mental e imagino el recorrido,
se encienden hilos que indican el camino pasado y se van pintando figuras,
lugares, rostros; voy armando un puzzle de cosas tangibles. Como es simétrico no
importa si recorrí más hilos o si el tránsito fue menos eficiente en uno u otro
ejercicio, el destino final es siempre el mismo, el tronco de una planta
llamada millonaria.
El
ejercicio trae sentimientos encontrados, hay oportunidades cuando quedo maravillado y agradecido por el resultado, en otras menos
laxas la posición es bueno, bueno, camine hacia un sendero roto
y tuve que devolverme.
Apelando
al procedimiento que se lleva a cabo para la Causa de los Santos me encuentro a
Woody Allen, icono de éxito y perseverancia, testigo de excepción de
lo que significa un camino con obstáculos según el mismo lo narra,
afortunado en algunos casos en otros no tanto, pero sin duda su hechura da como
producto final un manjar.
En
una entrevista realizada recientemente a este estelar personaje, con
motivo del estreno de su producción cinematográfica número 49 rodada en San
Sebastián España, le hicieron la siguiente pregunta: ¿Qué factores han incidido
en su vida, para lograr una carrera tan fecunda y exitosa? Su respuesta como de
costumbre me dejó descolocado. Mi primera reacción fue una carcajada. Con
rostro ceremonial respondió: “suerte”, con una enorme sonrisa del tamaño de la
mía, el periodista insistió, “pero que porcentaje le endilga usted a la
suerte”, sin modificar un milímetro su fisionomía y sin mostrar un ápice de
duda remató: “más de la mitad, más del cincuenta por ciento”. A pesar del
calibre de la respuesta, sentí cierto alivio al no recibir el tan cacareado
cliché, 1 % inspiración 99 % expiración, ciertamente este señor no es cómplice de
esta máxima.
Como
es habitual, inclusive en sus películas el dialogo de la entrevista me
dejó ensimismado. Tratando de argumentar semejante afirmación me
respondí: No mi apreciado director, no es suerte, póngale el nombre que quiera,
le aseguro que no es suerte, usted no llegó hasta aquí por casualidad o por
azar y le garantizo que probabilísticamente es imposible que el azar alcance el
50 %, a menos que todos sus decisiones y acciones hayan sido cara o sello.
Discúlpeme el atrevimiento, su éxito se llama mutualismo.
Hay
una expresión que se utiliza frecuentemente en mi profesión, más que una frase
son dos palabras Win/Win, mejor aun ganar/ganar o +/+. Cuando la entendí y la
apliqué como debe ser me pareció fascinante. Hoy en día en nuestra calamitosa
realidad país esta onomatopeya es sinónimo de coartada. El motivo se desvirtuó
o se descontextualizó, es el asidero para guisos, arreglos fraudulentos,
comisiones y paremos de contar, sin embargo tiene una esencia de reciprocidad,
indiscutible. Para no renunciar al contexto del significado, me
enfrasqué en la búsqueda de algo similar y apareció mutualismo. Sin
ánimo de apelar a la academia esta palabra envuelve nuevamente el concepto de
reciprocidad, apoyo y convivencia; donde las partes se benefician mutuamente.
Dejé a un lado ganar/ganar de tufo politiquero, mentiroso y oportunista y
acogí el mutualismo como consigna.
Woody
Allen es uno de mis actores y directores predilectos, es capaz hacerme reír
hasta llorar y casi en el mismo plano mandarme a la introspección con
planteamientos nada cotidianos, a veces contradictorios y fuera de lo
convencional. Muestra sus miedos, fobias y manías frontalmente y las expone de tal
manera que muchas veces provoca una risa nerviosa y cómplice. Sus películas son
de bajo presupuesto, no hay efectos especiales ni persecuciones espectaculares,
sin embargo el resultado es un plato delicado, bien ejecutado y delicioso. El
perfecto antihéroe de sus creaciones, es en definitiva el héroe de las ideas
y de lo inusual.
¿Será
su respuesta parte de un guion? Cara pétrea, seria, sin ningún
rictus facial que nos indique esto es un chiste, parece decir si,
es el dialogo del próximo guion. Su éxito es cuestión
de reciprocidad, es decir de mutualismo. Mutualismo de su
público, de sus seguidores, quienes le devolvemos en quantums de energía lo que
hemos recibido. No es el azar o
coincidencias de hechos pasados
que lo colocaron en el sitial de honor,
la locomotora que tiene en la cabeza es indetenible y la telaraña
tiene muchas bifurcaciones para caminar hasta el tronco de la planta millonaria.
¿Puede
intuir el grupo de los dos y medio minutos, la mutualidad que acompaña su
éxito? No estoy seguro.
Siempre
se distingue el tiempo como un actor principal, se habla de la paradoja del
tiempo, pero en definitiva es tan solo un medio, un canal. Lo percibo
análogo a un carrete de cine que rueda por un espacio finito de momentos.
Esencialmente los roles de los protagonistas vienen escritos en su ADN, sus
gustos, sus tendencias, inclinaciones… A partir de este momento el guion esta
preconcebido, de los hechos depende la evolución de la película. ¿Se puede modificar una escena
desafortunada sin cambiar la esencia del contenido?, la respuesta es
definitivamente si, y de igual forma se puede editar uno u otro final, al más
puro estilo de Casa Blanca. No importa el final que le pongan, Casa Blanca
siempre será singular y única.
Dice
San Agustín “No se puede afirmar que hay tres tiempos: presente, pasado y
futuro. Solo hay el presente del pasado y del futuro”