¿Te acuerdas cuando jugábamos a los cantantes? ¿Te acuerdas cuando íbamos a la barbería con trifulca incluida? ¿Te acuerdas cuando vimos la película el campeón? ¿Te acuerdas que querías ser Papa?
Tú eras el vocalista, el líder de la banda. Te disfrazabas con la extravagancia del perfecto roquero de la época. Corbata atada en la frente y chaqueta de blue jeans sin mangas, era tu indumentaria. Dábamos conciertos de hasta doce interpretaciones, por el pickup desfilaba cuanto aparecido sonaba en la radio o en la televisión. Era como si se reprodujeran las neuronas, endorfina pura y momentos felices.
Caminábamos unas ocho cuadras para llegar a la barbería, con frecuencia me agarrabas el cuello para cruzar las calles, tratar de agarrarme la mano sería un despropósito inaceptable por supuesto. Yo te daba un manotazo para que me soltaras, aquello me irritaba sobremanera, pero entendía que solo estabas tratando de protegerme, no podías atajar el instinto paternal, ese que siempre te acompañó. El presupuesto de la encomienda “muchachos a cortarse el pelo” lo manejabas tú, este alcanzaba para un corte estilo francés y otro para soldado raso. El instrumento para el raso era una afeitadora eléctrica, en cuestión de segundos mi cabeza quedaba como la de un puercoespín. En alguna oportunidad me di cuenta que siempre tenía que esperarte más de veinte minutos. Cuando entendí lo que estaba pasando salí hecho una furia de la barbería, ¿raso para mí? ¿Francés para ti? Lo resolviste diciéndome “Chepo si quedaste muy bien chico, mucho mejor que yo”. Muy gracioso pájaro. Entendía que la edad tenía sus ventajas y eso calmó la marea. Por cierto, nunca te acusé.
Te acuerdas cuando vimos la película el campeón. Te juro que jamás he visto a alguien llorar tanto, es que empezaste a llorar muy pronto, fue en la escena cuando el boxeador le regaló un poni al niño, a su hijo, no entendía, no sabía si burlarme o respetar aquella emoción, finalmente me quedé callado, pero solo te estabas ejercitando, calentando motores. En la parte culminante, cuando murió el boxeador frente al niño, eso sí fue un palo de agua, hipeabas, tuve que parar la película, tu escándalo era tal que no podía escuchar los diálogos. Que sensibilidad la tuya mi querido gordo, como disfruté aquel momento de autenticidad.
Decías que ibas a ser Papa. Mi mamá te advertía que el camino era muy largo, pero parecía que el asunto de los ascensos, ese crucigrama de títulos: sacerdote, monseñor, obispo…. hasta llegar a papa ya lo tenias resuelto. Como hubiésemos gozado en los predios de San Pedro, estoy seguro que la vestimenta papal incluido bastón, anillo, más zapatos rojos te hubiera quedado de lujo.
Qué cosa tan rara es rememorar todo esto a solas, sin escucharte reír ni replicar. Lo escribo Goldin porque me apremia recordarlo y recordártelo, porque me haces mucha falta. Siento que tienes demasiados días muerto, demasiado tiempo ausente y necesito escribir nuevos recuerdos. Los que tengo ya están suficientemente amasados.
Te comento que no le tengo miedo a la muerte, si un profundo respeto, pero aquella que te encontró más bien me produce una enorme curiosidad. Es que no sé nada sobre la muerte, creo que nadie lo sabe. Eventualmente aparece algún experto de lo etéreo argumentando teorías y certezas, quisiera ver la firmeza de sus pasos, de su tesis, subiendo al cadalso del final de sus días. Le temo si a la demencia, a la incapacidad y sobre todo a la amnesia.
En la Odisea de Homero, ese libro que eventualmente a todos nos obligaron a leer uno que otro párrafo en bachillerato, cuenta en uno de sus episodios que las naves de Ulises y sus hombres iban rumbo a Ítaca, pero fueron desviadas por el viento de una tormenta a la isla de los Lotófagos, comieron del árbol de Loto y olvidaron cual era su destino. Sucumbieron a la condena del olvido. No recordaban de donde venían y tampoco para donde iban. Luce escalofriante verdad. Es como perder la identidad, sin esta no existes, aunque respires. Eso si me da pánico.
Te confieso que no te pude llorar, no lo suficiente, los gritos no acompañaron mi llanto, estaba totalmente desconcertado. Es que ni pude presentir lo que estaba por suceder y mira que a veces me llegan cosas. Como pensar ni mucho menos que aquella energía vital se iba a apagar de repente.
Eres un hombre con suerte Manuel, cuando te despedimos vi a tu esposa, más bien a una mujer enamorada mirando tu cuerpo inerte durante horas, parecía que los años a tu lado no habían sido suficientes, parecía que quería tatuar tu rostro, tu última expresión en su mente, vi a tu hermosa descendencia llorando esta vez si a gritos, reclamándole a la muerte un poco de reparo.
Te aseguro Goldin que el árbol de loto no va a tocar tu recuerdo, somos muchos a los que dejaste una gratísima sensación de bienestar.
Fuiste el líder de tu propia banda, el vocalista, pisaste fuerte, te debiste a tu público que te amó y te admiró.

