La raíz de una palabra siempre me ha cautivado. Tiene un punto de origen, un núcleo atómico y por alguna suma de circunstancias se produce un big-bang. La diáspora del polvo cósmico que arroja, permea en pequeñas partículas y una vez que se ordenan queda establecida una nueva palabra con aparente identidad de lengua materna que nos acoge y amamanta. La cotidianidad nos hace creer que es propia, que nos pertenece, sin embargo solo es producto de los vasos comunicantes que provienen de la raíz de esas estructuras primarias. Cuando apelamos a palabras que creemos propias, estamos acariciando el latín, el griego y porque no hasta el arameo. Así, la raíz nos deja inmersos en el lenguaje de las palabras que hacemos nuestras. Algunas parecen inocuas y chatas, pero están llenas de magia.
Comética es la palabra que nos ocupa, se deriva del vocablo griego "cosmos" que significa orden, origen de la diosa primigenia Gea, surgida del cosmos, del orden del universo.
Cosmética pareciera una palabra banal, algo accesorio, en mi caso particular si establezco patrones mentales para ubicarla me lleva de manera precipitada a una tienda por departamentos y me sitúa en el área de maquillaje repleta de polvos, tintes, cremas, perfumes y un gran etc., sin embargo la etimología de la palabra me llama a la reflexión. Tiene un trazo histórico curioso, envuelve un universo de elementos y colores que ha dibujado culturas, tradiciones, roles y épocas, De alguna manera le hace un guiño a la huella que dejaron numerosas sociedades.
Nuestros aborígenes la utilizaban en sus rituales sagrados, se pintaban con elementos orgánicos, cada cuadro corporal se mimetizaba con la naturaleza componiendo un paisaje que los acercaba a sus deidades. En algunas culturas los rectores de la ley todavía utilizan pelucas pintadas de color marfil como parte de su indumentaria cuando imparten justicia. Esta les da un aire de solemnidad y sabiduría, parecieran advertir: el color hueso que me identifica es sinónimo de orden.
La cosmética es una forma de comunicarnos, articula expresiones de rebeldía, de protesta y muchas veces algo de belleza, con lo difícil de la belleza. Es un mecanismo para exaltar el cuerpo, para que cada uno se muestre como quiera. Me surge la pregunta: ¿Se debe señalar a un individuo repleto de tatuajes sin rima ni concierto estético; a un cabello azul eléctrico con reflejos verde botella; a aquel con nariz perforada por una manada de alfileres? Se advierte que estos individuos tocan la puerta para llamar la atención de otros, pero como dice Sancho Panza: “Prefiero no detenerme en este tipo de delicadezas”. Lo concreto es que el producto es una explosión de libertad, de libertad de conciencia.
Bindi o Tilak es un elemento cosmético que desde siempre me ha impresionado. Cuando lo descubrí, pensé que era un lunar, una especie de marca de nacimiento, una señal, un estigma que tenían la mayoría de las mujeres y algunos hombres de la raza India. Lo miré de cerca y me encontré con un adorno cosmético místico y ancestral de la cultura hindú. Entre varias disertaciones que investigué me atrevo a exponer la que me deleitó:
“Viene de la palabra sánscrita bindu que significa pequeño punto. Según la escuela Shakta Bindu hace referencia a un aspecto de la anatomía del cuerpo sutil compuesto de gotas y viento: (Las gotas y vientos son características del sistema humano de energía, y tienen distintos grados de sutileza)… se usa para designar el pequeño ornamento devocional y/o místico de tradición hindú, que hombres y mujeres aplican estratégicamente en su frente. Tradicionalmente es un punto de color rojo, que se ubica en el entrecejo. Su significado: El área entre las cejas (donde se coloca el bindi) se dice que es el sexto chakra, ajna, la sede de la sabiduría oculta...Según los antiguos sabios hindúes, usar esta sustancia en la frente entre los ojos refresca el centro nervioso asociado con este punto, y en consecuencia la mente se calma y silencia…”
A pesar de lo ancestral, resulta increíblemente novedoso como una sociedad tan compleja y diversa converja en un punto llamado bindi. La cultura, la historia y la tradición quedan atadas a un punto de color en la frente. Es simple y sencillo, pero es imposible no detenerse en el, los portadores lo exponen con orgullo, con propiedad y a la vez con un halo de espiritualidad.
No existe una gama de alto costo o algún estrato social para el que no esté disponible, no está condicionado a restricciones ni regulaciones, solo lo acompaña un sencillo código de colores que expresa cierta condición personal. Existe y quien lo quiere portar lo tiene a su alcance. Es una expresión luminosa de encaje y de encuentro. Espiritualidad y libertad se dan la mano sobre la frente del ser humano justo sobre los ojos o como lo reseñan los Hindús “en la sede de la sabiduría oculta”.
Es “Cosmética Espiritual”.

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